sábado, 7 de abril de 2012

LO ENCONTRÉ TENDIDO EN EL SUELO

Ese día llegué pronto a casa de trabajar, y allí lo vi, un pañuelo de seda blanco atado al pomo de la puerta de mi casa, no entendía nada, lo desanudé,  tenía un nombre inscrito, Sarah Evans, aún no comprendía… ¿Quién había dejado eso ahí? ¿Por qué? Era absurdo, esa noche no pude dormir, era todo un misterio, incluso para mi, detective en una comisaría de la ciudad. Al día siguiente, los párpados me pesaban de sueño, estaba desayunando cuando el timbre de mi casa sonó, cuando abrí la puerta no había nadie, tan solo una página del periódico con una noticia señalada en rojo, “la juez Sarah Evans fue asesinada ayer en su piso” al lado del titular una foto de ella, no pude contener mis nervios al verla, yo la conocía de alguno de mis casos, llevaba al cuello atado un precioso pañuelo blanco en el que con dificultad se podía leer su nombre bordado... Me frustré, en ese momento no era capaz de pensar con claridad, llamé a un compañero mio, Norman, trabajaba de agente encubierto como espía en mi unidad. Juntos, hablamos con el comisario, éste decidió estudiar el caso. Fuera quien fuera, era bueno, ni una sola huella que pueda implicar a alguien, ni en la escena del crimen, ni en el pañuelo, ni tampoco en la bala que estaba alojada en su pecho. La única prueba con la que contamos era un papel, en el que estaba escrita una dirección con letras recortadas de un periódico, limpio como si no lo hubiese tocado nadie. La dirección correspondía a un museo, donde actualmente se exponían cuadros de los pintores Laxeiro y Escher, ambos ya fallecidos; investigamos pero no sacamos nada en claro, tomamos medidas de seguridad y ordenamos cerrar el museo por prevención. Esa noche tampoco conseguí conciliar el sueño, a la mañana siguiente mi timbre volvió a sonar y por debajo de la puerta asomaba un papel con una hora escrita, las 9:15, seguida del nombre de una de las cadenas de televisión más vistas del país, encendí la tele, estaban a punto de comenzar las noticias de primera hora, me temía lo peor, llamé a Norman para ponerle al corriente; y allí ante mis ojos atónitos la reportera daba a conocer a todo el mundo la noticia del reciente  asesinato de la fiscal  Laura Erwan, en ese momento me di cuenta de todo, Laxeiro y Escher, tienen las mismas iniciales que el nombre de la fiscal, ella iba a llevar el caso del asesinato de la juez Sarah Evans a juicio en cuanto encontrásemos al culpable. Según parece fue asesinada en su coche de camino a casa, como en el asesinato anterior, todo limpio, ninguna prueba que implique a nadie y como pasó con la juez, una bala alojada en su pecho. Pero esta vez no encontramos ninguna pista absurda que pudiese indicarnos quien sería el siguiente, parecía que esto ya había terminado pero no era así, yo sabía que este no era el final. Cuando llegué al rellano vi que la puerta de mi casa estaba abierta, me estremecí, todo estaba como lo dejé excepto la televisión vi que alguien había dejado lo que parecía una película en modo pausa, le di al play, era un video clip de una canción muy antigua de la cantante Estadounidense Sue Thompson, seguí escuchando con atención y entonces entendí, la cantante en el estribillo le dedicaba la canción a un hombre llamado “Norman”, no podía creérmelo. ¿Mi compañero Norman iba a ser el siguiente?, fui a su casa lo más rápido que pude y allí lo encontré, tendido en el suelo con sangre en el pecho causa de un disparo, en la pared de la habitación donde yacía asesinado, los nombres de las tres víctimas, Sarah Evans, Laura Erwan y Norman Anderson, escritos en rojo excepto las iniciales de sus nombres y apellidos, que estaban en negro, mi cuerpo se heló y parecía que mi corazón se me fuese a escapar por la boca, pues si leías tan solo las letras en negro ponía Selena, y ese, es mi nombre, yo era la siguiente.

viernes, 6 de abril de 2012

TODOS LOS DÍAS DE MI VIDA

Los nervios a flor de piel hacen que las personas cometamos locuras imprudentes. Los coches parecían sardinas y las carreteras sus latas, parecía que nunca iba a salir de allí. Rodeada de energúmenos que vociferaban y apretaban el claxon como si eso fuese a mejorar algo la situación. Entonces lo vi, un hombre, con un bigote amarillento por el humo del tabaco, gafas negras tapando posiblemente sus ojos cansados y agobiados. Camiseta con unas cuantas puestas, recortada a la altura de los hombros que permitía ver en su brazo las marcas que había dejado el sol entrando por su ventanilla izquierda; este, portador de coca-cola rodante, se abalanzó sobre mí. En aquel momento recordé, la fruta nunca me había entusiasmado, por mucho que mi madre regañase y regañase, jamás me tomé en serio los consejos que daban los nutricionistas. Mi madre era, es y será siempre un ejemplo para mí, tan meticulosa, cariñosa y atenta, siempre me apoyaba en todo, recuerdo cuando me dio ánimos a lo lejos mientras yo, con lágrimas en los ojos y heridas en las rodillas, intentaba manejar aquella cosa tan nueva para mí, dando mis más o menos primeros pedaleos, en esa bicicleta verde esmeralda, estaba nerviosa, pero no tanto como mi primer día en aquel lugar que tanto odiaría, pero cuando ya no formase parte de mi vida, añoraría: el colegio. Las piernas y los brazos me temblaban, tenía la sensación de que iba a caerme en cualquier momento. Entonces los conocí a ellos, mis amigos, que desde entonces han recorrido un largo camino conmigo, nuestra familia fue creciendo según pasaban los años, pero otros nos abandonaban porque tenían que seguir su propio camino, yo pensé que eso jamás me pasaría a mí, pero me equivocaba, tuve que irme, mis sueños y planes de futuro me llevaron por una senda diferente, nunca les olvidaría, pero sabía que allí donde fuese encontraría nueva gente; es imposible olvidarse de alguien que ha sido importante en tu vida, todas esas personitas que conoces y logran ser parte de ti, aunque se despidan, nunca se van, siempre estarán en ese trocito de ti que les diste el primer día que las conociste. Momentos y momentos pasaban ante mis ojos como una película de mi vida, la detuve al ver a mi Padre, dicen que si te pareces mucho a una persona riñes a menudo con ella, yo siempre he pensado que eso no era cierto, mi padre y yo personalmente éramos como dos gotas de agua, y muy pocas veces llegamos a discutir. Le recuerdo sonriente escuchando con atención la melodía que salía de las cuerdas de mi guitarra, esa canción que tanto nos gustaba, justamente esa se gravó de por vida en mi cerebro un 7 de junio de 2009, los focos se encendieron apuntando al centro del escenario de donde salía una neblina que nos indicó que el show, iba a comenzar; la batería empezó a marcar el ritmo, de esa neblina salió él, mi mayor ídolo, y esa canción que tanto nos gustaba a mi padre y a mí, nos hizo felices como si fuese la primera vez que la escuchábamos, los coros de la gente que seguían a la vez esa letra, se fueron desvaneciendo poco a poco, ahí estaba yo pensando que aquello no era un sueño, una sensación fría y viva me recorrió, vi una claridad y una tranquilidad me invadió, me sentía viva. Entonces la luz se desvaneció y lo vi, les vi, eran seis, todos clavando sus miradas en mi, en sus miradas había esperanza y felicidad, todos llevaban unos uniformes blancos a conjunto con sus mascarillas y guantes, me saludaron. Entonces, en aquel quirófano recordando todos los días de mi vida, volví a nacer.